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Pan recién horneado


Llevaba poco en la ciudad y quería emprender mi nuevo proyecto. Una escultura que representara la belleza generalizada de la mujer, una escultura que pudiera transmitir esa lujuria que sobrepasa toda cultura. Esta idea loca llego a mi cabeza un día que amanecía en un pequeño pueblo a las afueras del centro occidente de Venezuela. Un pueblo que reúne la mayor diversidad de idiosincrasias, entonces pensé. "Si todos ellos pueden tener algo en común dentro de su diversidad, la belleza tendría que tener un común, uno más allá de cualquier cultura".


Fui a un café cercano a casa, siempre pedía lo mismo, un pan tostado con mantequilla y aderezo, y un vaso de jugo de naranja. Los sábados son los días en los que me permito no preparar el desayuno. Estaba en medio de mi desayuno y de pronto vi de reojo una sombra a mi diagonal, deje el mordisco a medio empezar y moví mi cuello para observar. Era una mujer de cabellos dorados y piel pecosa, en ese momento aquella mujer no se había percatado de mi presencia y vaya que fue una suerte. Mi look estaba combinado por restos de pan y manos llenas de mantequilla; no soy un experto en eso de comer en público. La mujer tomo dos tazas de café y se dirigió a una mesa del segundo piso. Yo decidí terminar con mi desayuno y ni intente limpiarme la camiseta.


Quería trotar un poco esa mañana y después del almuerzo empezar con los bosquejos de mi escultura, la idea era poderla exhibir en el museo nacional a mitad del año próximo. Antes de partir del lugar, fui al baño mirando hacia los lados, mi subconsciente quería volver a ver aquella mujer y más aún, saber para quien era el otro café. No vi a nadie, fue un total desperdicio.


Trote al menos seis kilómetros, el día era perfecto; las nubes hoy dejaron pavonear al sol. Me duche, comí un poco de fruta y empecé con mis trazos. Ya eran las cuatro de la tarde cuando me percate que había pasado al menos tres horas con un lápiz en la mano, decidí que ya era suficiente y deje el trabajo por hoy. Tenía una cena con unos amigos que hace poco habían emigrado a una ciudad cerca de acá. Nos vimos, compartimos, nos reímos. Los amigos son tesoros que no tienes que proteger; o bueno, me refiero a que son aún más valiosos cuando son libres.


No soy muy amante del licor y realmente lo agradezco al día siguiente de cualquier salida. Fui por mi respectivo pan tostado y un poco de pan para llevar a casa. Camino al café, vi de nuevo a esta mujer, estaba a menos de diez metros del café y pensé, "Vaya, las cosas de la vida, si entra a la cafetería intentare hablarle". (Este soy yo siendo un mentiroso). Pues no entro, siguió de largo y mi idílica imaginación desapareció. Volví a casa y coloque un partido de la liga española. Después del almuerzo decidí seguir con mi proyecto.


Ya llevaba veinte días en mi proyecto y estaba empezando a sentir fatiga, a veces mucho es demasiado. Intente leer un poco y me decidí a ir por víveres. No compre muchas cosas, la vida de un artista no te deja mucho tiempo a la imaginación culinaria. De regreso a casa vi la cafetería y me entro la curiosidad, ¿Seria la vida tan pequeña que me la encontraría de nuevo? Pues no, de hecho me vi ridículo con bolsas mirando por la ventana. No la vi; en ese momento pensé que debía ir a cocinar algo, tal vez me estaba trastornando por no comer. Pues mira como es la vida, resulta que al final si es una ruleta de la suerte, al voltearme me estrelle y una bolsa con naranjas se me rompió, levante mi mirada y alguien me dijo:

-Parece que estás buscando a alguien-. Era ella, la mujer que por alguna razón estaba buscando sin querer, o como quien no quiere la cosa. Solté las bolsas o bueno la bolsa que me quedaba y le dije:


-No, a nadie, solo me gusta mirar por la ventana para ver si ya ha salido el pan del día-. Ella sonrió y me empezó a ayudar a recoger las naranjas, no eran muchas, al menos eran seis.


-Espera un momento-. Me dijo, y entro a la cafetería. Yo estaba que botaba la carcajada, a veces es bueno reírse de uno mismo. Volvió con dos bolsas.


-Una es para meter las naranjas y la otra, bueno al parecer ya ha salido el pan-. O sea, esa mujer me había comprado pan recién horneado.


-Te ayudo a llevar las bolsas- Me dijo. Yo me negué pero ella ya tenía la bolsa consigo. Por el camino nos presentamos, Juie era su nombre. Era una amante de los viajes y de la fotografía y tenía una pequeña fundación. Le conté acerca de mi proyecto y al llegar a casa insistió en verlo.


-Está a medio hacer-. Le dije. Solo llevo un mes y no he pasado te los bocetos. Ella estaba fascinada, se le notaba en el rostro. Dejo la bolsa en una mesa y llevo el pan a la cocina; mi apartamento no era tan grande, tal vez por eso sintió la seguridad de pasar a la cocina y dejar el pan. Yo agradecí y ella se dispuso a marcharse. Ya estaba en la puerta cuando le pedí el número telefónico a lo cual me respondió:


-Mejor te lo doy este sábado en la cafetería mientras esperas el pan del día, tú sabes-. Y sonrió...


Esa semana mi trabajo avanzo considerablemente, quería matar los días rápido y esperaba con ansias el sábado para poder ver a Julie. Es inexplicable como una persona puede cambiar los objetivos de tu vida de un momento a otro.


Me desperté muy temprano el sábado e intente escribir un poco, pero no lo logre; estaba pensando, ¿A qué horas voy a ir? Pues muy sencillo, decidí irme y esperar en las mesas de afuera mientras seguía dibujando. Estaba pensando en cómo perfilar la nariz de mi modelo, tal vez si la hacía muy puntiaguda perdería toda liberación de estereotipos. Julie llego y me dijo:


-¿Vamos adentro?-. Yo cerré mi cuaderno y la seguí. Ese día hablamos de todo un poco. Yo prefería escuchar y solo soltaba pocos fragmentos de mi vida cuando era necesario.


Después de desayunar juntos, ella me invito a pequeña biblioteca que quedaba en el centro de la ciudad. Es extraño, en las bibliotecas no se permite el ruido, y así era; cada uno estaba en un pasillo, buscando sus libros y leyendo de temas diferentes, pero en ese momento yo sentía que ambos hacíamos demasi


ado ruido en esa biblioteca. Me senté en un sofá gris y pase un par e páginas. Tenía un libro de Jazz, algo de como la electrónica había destruido las raíces afroamericanas en Brooklyn. Ella leía algo acerca de los lugares que te hacen encontrar tu yo interno, bastante raro por cierto pero esa es la vida. Diferencias, diferentes opiniones, diferentes gustos, diferentes sueños. En ese momento entendí que si una persona encontraba un sueño en común con otra persona y si ambos se unían en la búsqueda, entonces ese hombre había encontrado la felicidad incluso antes de alcanzar sus sueños.


Me acerque a ella, y tome su mano mientras ella seguía leyendo.

-¿Puedes creerlo? Los lugares más fríos en el mundo no son los que tienen bajas temperaturas, sino en los que te sientes solo-. Y me sonrió. Yo seguí leyendo mientras ella sostenía el libro y empezó a mirar nuestras manos unidas. Yo pensé que me la soltaría pero no, me la apretó, cerró el libro y me llevo a la salida de la biblioteca.


Julie y yo terminamos el día con un beso a las afueras de la cafetería pasada la media noche. Ese día prometimos que el desayuno seria nuestro momento y esta cafetería nuestro lugar por siempre.

Fragmento de una carta enviada a Julie 42 días después de la visita a la biblioteca.

No soy un hombre complicado, por lo general soy bastante simple pero después de estas semanas junto a ti, he decidido que no nos debemos ver más los fines de semana. Tu compañía los sábados por las mañanas está causando que mi trabajo se retrase, ya no logro seguir con mi proyecto, no logro pasar del talle grueso y peor aún, no sé ni por dónde empezar. En las mañanas duro al menos cuarenta minutos con mi cincel en la mano y le doy vueltas a la escultura o a lo que va de ella. Todas mis herramientas están vírgenes. El puntero no sabe qué hacer. Realmente no puedo continuar así.

A veces leo libros de la belleza femenina en el mundo, intento pasarlo a mis bosquejos y así poder empezar a tallar finamente sobre esta piedra gigante de mármol, pero no lo logro. Solo he logrado dibujar algunos rostros en unas hojas pero a mitad de la faena, me he dado cuenta que te estoy dibujando a ti, Julie.


Necesito que esto termine de una buena vez. Necesito saber si voy a pasar más que un sábado junto a ti, si tengo derecho a más que un desayuno; no lo sé, tal vez una cena, tal vez deberíamos vernos a diario, yo sería un buen cocinero, ya que mis cualidades de escultor han quedado cohibidas bajo el yugo de tu belleza.


Prometo que te regalare los días más hermosos. Evitare las lluvias y el sol podrá pavonearse siempre que tome tu mano.


Te Amo Julie.


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