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A veces uno llega tarde



Estaba a punto de entrar. Tenía mis llaves frente a la cerradura pero no pude entrar me di media vuelta y me senté en la entrada. No era la primera vez que me quedaba mirando el cielo oscuro, no era la primera vez que me quedaba a dos pasos de la entrada. En ese momento recordé la primera vez que me habían roto el corazón, tenía doce años, era toda niña. Mis amigas decían que tal vez si yo accedía, Jean me daría de su merienda es curioso, en algunos países solo les dicen "Lunch". Jean era el mejor de la clase; tenia altas notas y le encantaba dibujar en la pizarra, tenía unos ojos negros, muy oscuros diría yo, su cabello era castaño y siempre tenía muchos broches de banderas en su mochila. En algunas ocasiones pasábamos el descanso juntos, él era un amante del fútbol, yo solo intentaba no romperme los lentes mientras hacía malabares con un balón a medio llenar.


Un día vi a Jean metiendo una pequeña carta en la mochila de una compañera de clases. Ese día decidí que Jean era un idiota, sin lugar a dudas yo merecía un niño que no hiciera cartas para otras niñas, ¿Que vendría después? ¿Compartir el emparedado de atun?


Recuerdo que él me observo e intento esconder la carta, yo solo hice cara de pocos amigos, era obvio que la tenía en su mano derecha, ni siquiera el reloj gigante de plaza sésamo podía ocultarla. En cuestión de horas yo estaba jurando odio eterno a todos los niños que se llamaran Jean, o que su nombre empezara por la letra "J". Mis amigas me trajeron un poco de agua y decían cosas como -No tiene importancia- o -Él no era para ti. La semana pasada lo vi comiéndose los mocos mientras hacia el examen de historia- Nada me consolaba, aunque debo admitir que eso de comerse los mocos me hizo pensar si debí compartirle aquella galleta cuando salimos del examen de inglés.


Era la primera vez que un niño me rompía el corazón, era la primera vez que sentía eso que no se puede expresar. Mamá me regaño porque llegue llorando a casa, recuerdo que mi drama fue digno de una telenovela mexicana. Abrí la puerta, tire la mochila y entré sin mirar a nadie, cuando Mamá se dio cuenta me pregunto que como me había ido en clases, ya se aproximaban las vacaciones, lo lógico es que estuviera ansiosa por hacer las maletas e ir a la casa en la playa ese verano. Pues no, le dije a Mamá que había sido el peor día de mi vida, que los hombres no servían para nada y que salvaguardando a Papá, todos los hombres eran como Janx, unos perros, Mamá no pudo contener la risa, eso me destruyo. Empecé a llorar y salí corriendo; nunca había subido unas escaleras con aquella velocidad, creo que en ese momento considere entrar a las olimpiadas de subir escaleras con los ojos cerrados. Estaba agarrada a mi almohada, no podía parar de llorar, Mamá toco mi puerta.

-Déjame entrar- Dijo.

La ignore y lance hacia mi espejo un peluche de Garfield, pero Mamá era ingeniosa, pudo entrar, creo que me iba a regañar, pero al verme de tal manera su rostro cambio. Abrió sus manos y me acaricio el cabello. Nunca había apreciado lo valioso que es que te acaricien el cabello.


-Llora... Saca todo lo que tengas dentro pero por favor, no te quedes encerrada en esta situación-.


Ahora que lo pienso, eran palabras muy difíciles de comprender para una niña de doce años, una niña con el corazón roto. Mamá me dijo muchas cosas, me trajo agua, un poco de papel y unas galletas, no quise contarle nada, yo siempre fui muy callada, la única en esta habitación que conocía todos mis secretos era la princesa Rapunzel. Ella estaba pegada en mi pared y yo siempre llegaba a contarle todo. Debí parecer una demente, quedaba diagonal a la ventana y los vecinos siempre presenciaban mis dramas con aquella princesa de Disney.


Entre todas las cosas que me dijo Mamá, se me quedo grabada una.


-No creas que este es el fin. No, uno siempre se reinventa-.


Creo que esa frase marco un antes y un después en mi vida, ya no sería lo mismo, pero en ese momento yo no lo sabía. Era imposible dejar de pensar en Jean ¿Cómo podría reinventarme si mañana tenía educación física con este tarado? Lo más seguro es que hiciera algún gol y se lo dedicara a la come mocos. Ah no, el come mocos era él.


Al otro día Mamá decidió que ya no debía llevar colitas al cole. Me peino por la mitad y me coloco un gancho azul; ella decía que todo empieza por la imagen. Ese día no tenía que llevar lo lentes porque lo más seguro es que si los llevaba, un balón acortaría su vida en cuestión de segundos. No lo había notado, tenía el cabello largo y muy liso, era mejor no seguir haciéndome ruedas con el lápiz en la cabeza.


Ese día Jean no dejaba de mirarme, en un principio quería sacarle la lengua y decirle que se iba a morir por comer mocos, pero recordé lo que dijo Mamá -Uno siempre se reinventa-. Decidí que Jean no acabaría con mi verano. Ya sabes cómo termino esto, a los 30 minutos ya quería matarlo; estaba riéndose con la nueva susodicha. Para hacerte más corta la historia, ese despecho me daño el verano, pero por alguna razón volví a enamorarme, lo hice en un par de ocasiones y siempre recordaba lo que decía Mamá "Uno siempre se reinventa".



La final del Real Madrid


Mi hermano siempre decía que yo era adoptada; que cliché pero tenía razón. Él siempre fue un galán, nos llevábamos seis años. Él siempre llegaba con una chica nueva, era el delantero del equipo de la universidad por lo tanto las chicas le llovían al igual que los amigos. Yo siempre iba a verlo jugar, y de vez en cuando me dejaba cuidando a su novia de turno, aunque según la logística, ella era quien cuidaba de mi. Como recuerdo a Adrianne, creo que fue la única novia que me encantó. Siempre llegaba con algo para mí, me enseñó a pintarme las uñas e incluso arreglo en un par de ocasiones mis moñas torcidas; pensándolo bien, no entiendo como podían haber tantas curvas en un solo peinado.


Adrianne y el ridículo de mi hermano terminaron por una de esas peleas tontas. Yo nunca había visto a mi hermano llorar, él siempre fue muy fuerte, nunca lo vi quejarse después de que un defensa le clavara los tacos en la tibia, pero ese día lo vi llorar. Recuerdo que iba por un vaso de agua, creo que la piscina de la Barbie ya estaba un poco baja, nadie puede disfrutar de una piscina si está a la mitad, ni siquiera porque fueran muñecas. Mi hermano estaba sentado con una cerveza a la mitad, yo le di una patada y le dije -¿Y así quieres ganar el mundial?- El solo me miro, yo decidí darle un poco de mi agua, creía que si rendía la cerveza con agua no iba a perder su condición física, a fin de cuentas tenia partido al día siguiente.


Frank era un tonto, habían peleado por algo de una cena familiar, al parecer mi hermano olvido que tenía que verse con ella en casa de su abuela y por el contrario se quedó jugando videojuegos con los amigos. Realmente los hombres son unos tarados, Frank se justificó diciendo que nunca había llegado a la final con el Real Madrid ¿Sera idiota? Pero ahí estaba, con una cerveza a la mitad y sus ojos aguados. Si un hombre tan fuerte como mi hermano puede parecer un gatito recién nacido, es porque estas cosas del amor van más allá de los músculos, de la firmeza y de ser un cabeza hueca. Yo le dije que Adrianne iba a comprender, que de seguro ella lo iría a ver jugar, solo tenía que esforzarse por hacer un hack-trick y dedicárselo, Frank me miro y me dijo. -Ya todo acabo-. Que palabras tan fuertes para alguien que prefirió jugar la final con el real Madrid. Al otro día Frank jugo malísimo. Es cierto, ganaron, pero ciertamente él estaba en otro plano. No podía sacar de su cabeza el rompimiento con Adrianne, creo que un corazón roto te hace entender muchas cosas, yo solo pude entenderlo después de que el come mocos de Jean se encargara de dañar mi verano.


Después de eso, mi hermano decidió no tener más novias. Siempre salía con una y con otra, pero nunca volvió a tener una "Novia". Creo que su corazón estaba roto, tal vez la culpa, tal vez el orgullo. En ocasiones pasaba por su habitación y lo veía con una foto de ambos en la mano, ciertamente el pobre de Frank nunca pudo superar a Adrianne.



Llavero en ingles


Ya se había apagado la luz de la puerta, creo que subestime mi capacidad de aguantar frio, pero por alguna razón no quería entrar. Mi vida estaba tejida por "Reinvenciones" y hasta hace un par de años creí que ya había conseguido la estabilidad emocional que una mujer tanto anhela. Le di vueltas a las llaves con mi dedo índice, tenían un llavero que decía "Welcome to Spain". No entiendo por qué nos obsesionamos con frases en idiomas que no son los nuestros. Ese llavero lo habíamos comprado en una escala, ibamos camino a Colonia, teníamos que esperar cuatro horas antes de tomar el siguiente avión, y por eso decidimos darle una vuelta al aeropuerto. Sebastián era un apasionado por los viajes yo no tanto, pero siempre disfrutaba de su compañía. Recuerdo cuando lo conocí, fue en uno de esos debates de la capa de ozono, para ese entonces yo era la reencarnación de Greenpeace. Él era un escritor, no era muy bueno pero juntos articulamos una columna para el periódico de la universidad. Sebastián tenía la capacidad de que lo odiaras en dos minutos era frió, callado y un poco modesto, pero por alguna razón a la mitad de la columna yo ya quería besarlo, tal vez era solo su táctica, pues había funcionado muy bien conmigo.


Siempre fue muy respetuoso, le encantaba viajar, decía que en cada viaje hay por lo menos diez historias, que su deber como escritor (para ese entonces ya su carrera estaba tomando vuelo) era decidir cuál de las historias el mundo debía conocer. Yo me había convertido en una modesta presentadora del noticiero de las seis, Sebastián siempre me acompañaba en los reportajes, no puedo reclamar falta de apoyo por parte de él en mi carrera, pero todo tiene un punto de quiebre. Sebastián había escrito una maravillosa novela sobre un samurái y su fiel sabueso ¿Qué cosas? Esta idea llego a su cabeza mientras yo compraba este llavero con una frase en inglés. Él se quedó asombrado con un cuadro de arroz y dos palillos chinos, creo que su mente era una maravilla, había creado todo un prólogo en solo cuatro horas, yo por el contrario no podía engarzar el llavero a las llaves de la casa.


Su novela se vendió muy bien, demasiado diría yo. En pocos meses ya estaba viajando por todo el mundo y yo no pude seguirle el ritmo, a veces lo veía por televisión e incluso pude hacer un par de reportajes de su novela ¿No te parece lo más hermoso? Hacerle un reportaje al hombre que amas. Pues no, eso no era tan lindo, Sebastián y yo nos habíamos alejado mucho, ya casi no hablábamos. Mi batería podía durar dos días enteros. Él y yo habíamos perdido la conexión; tal vez fueron los viajes, tal vez yo era un poco egoísta. Debí apoyarlo y dar el 100% para que él pudiese viajar por todo el mundo presentando su novela, pero mi carrera no me lo permitía, o tal vez mi miedo era el que no me dejaba ¿Qué importancia iba a tener estar aquí trabajando por un salario para pagar un apartamento? En mi egosimo no me había dado cuenta que estaba pagando un apartamento pero me estaba quedando sin hogar.



Las ventas de vino para fin de año


Es extraño, no había empezado a llover, da igual; así lloviera no quería entrar a la casa. No quería ver cuatro paredes, no quería saber nada del apartamento que estábamos vendiendo. Las cosas con Sebastián empeoraron tanto que en dos días teníamos que desalojar lo que tanto nos costo construir. Lo habíamos vendido, Que tontería, debí viajar con él, debí dejar a un lado mi noticiero y por el contrario estar en primera fila aplaudiéndole cuando un canal local lo presentara en el programa de las ocho, a fin de cuentas era lo mínimo. Recuerdo que en mis inicios, Sebastián no escribía mucho. Él se encargaba de plancharme la ropa, hacer la comida y en más de una ocasión corrió por una batería nueva para la cámara, todo por hacer de mi reportaje un éxito. Uno de mis primeros reportajes fue una pavada. Tenía que ir a un pueblo pequeño al sur de Francia, resulta que unos granjeros habían descubierto la fórmula para hacer un vino el doble de oscuro y la mitad de rancio. Sebastián llego incluso antes que yo al pueblo, para cuando yo llegue, él ya tenía una pequeña cabaña alquilada. La cabaña era perfecta pero yo solo practicaba mis diálogos frente a un espejo mientras él iba escribiendo todo lo que yo hacía, al final me decía que palabras debía cambiar y que postura era la mejor para mí, ese reportaje fue un éxito, las ventas del vino crecieron un 35% para fin de año y yo me había convertido en una reportera que influenciaba más de lo común. En poco tiempo hacia reportajes sobre el senado e incluso pude hacer un documental para la BBC. Sebastián no se predio ningún reportaje que yo hice en estos dos años.


Yo me había convertido en una reportera importante pero Sebastián casi no escribía, solo tomaba nota de cada uno de mis pasos por la pantalla chica. Siempre al final del día, me describía lo maravillosa que estuve en el noticiero, creo que su pasatiempo era ahora el de escribir las memorias del despegue de mi carrera, pero Sebastián nunca se sintió aludido por mi éxito, siempre aplaudió y me apoyo en todo momento; hoy en día no puedo recordar un solo reportaje en el que no lo viera detrás de cámara, con una gran sonrisa y haciéndome ejercicios para controlar la respiración. Tal vez hoy por hoy yo le debo demasiado, pero si de algo estoy segura es que mi pecado más grande fue haberle quedado en deuda a la hora de apoyarlo.



Alemania a semifinales


La última vez que hable con Mamá fue hace un par de meses, creo que fue para su cumpleaños. No había podido asistir, Sebastián estaba con ella y con toda la familia, pero yo estaba muy ocupada diseñando la portada del periódico. La portada iba a hablar de la capa de ozono, tal vez por eso creí que era más importante que el cumpleaños de Mamá. Esa noche la llame y ella supo entender. Mamá siempre entendía, ella siempre quedo a un lado para que yo pudiera despegar junto a mis hermanos, la diferencia es que ellos si estaban con ella, yo no. Hablamos como diez minutos, Mamá estaba muy feliz de escucharme y dijo que no me preocupara, que Sebastián había ido en mi representación, yo solo pensé -Sebastián me ha sacado de un aprieto otra vez-. Papá había fallecido hace cinco años, al parecer sus pulmones no tenían tanta fuerza, algunos dicen que se acabaron de tanto celebrar los goles de Frank. Como pasa el tiempo, hace siglos que yo no veía a Frank jugar, de hecho, evitaba a toda costa ver la sección de deportes en el noticiero. Frank estaba en la primera división de la liga alemana, y yo no me dignaba en ver un resumen de su partido, solo sabía que llevaba un par de años ganando el premio al goleador de la liga o algo así.


-Ya quiero que salga el periódico del domingo para ver tu portada mi amor-.


Estaba dejando el cumpleaños de Mamá por una portada y ella solo pensaba en que quería que fuese domingo para ver esta portada. Hablamos de varias cosas pero al final de la conversación, me dijo que Sebastián estaba molesto. Ella sabía que su enojo tenía que ver conmigo, era lo más obvio ¿Cómo era posible que él estuviera con mi familia y yo no? Mi Mamá lo adoraba y siempre leia todos sus libros; de hecho, Sebastián siempre le envíaba una copia de sus novelas a ella antes de publicarlas, y si ella les daba el visto bueno, entonces Sebastián tienia luz verde para publicarlas.


- Nada en la vida vale tanto como para sacrificar al amor de tu vida. A mí no me molesta que no puedas venir a mi cumpleaños, pero Sebastián no es tu Mamá-.


Me choco que me dijera eso, ¿Cómo era posible? ¿No se daba cuenta que ya era toda una adulta? No necesitaba que me dijera como llevar mi vida con Sebastián, Pensándolo bien, seguramente el tarado de Sebastián estaba allá haciéndole reclamos a Mamá, claro como últimamente la visitaba más que yo.


-No pierdas el rumbo de tu camino mi niña, y si en algún momento crees que lo estás haciendo, recuerda lo que siempre te he dicho "uno siempre se reinventa"-


Le tire el teléfono, ya me tenía harta con su frase de reinventarse, eso estaba bien para una niña de doce años que tiene el corazón roto por un come mocos, pero yo era una mujer exitosa. Mi carrera era toda una reinvención y era una estupidez que ella a estas alturas me dijera que me reinventara con Sebastián ¿Acaso él no era el que me aplaudía en cada entrevista? ¿Qué pretendía? ¿Que dejara mi carrera por un cumpleaños? Como si ir a comer torta fuera la clave para salvar mi relación. Pues no, la vida no es reinventarse así por así, o por lo menos eso pensaba yo.


Ahora que lo pienso, esa portada ni siquiera fue aprobada, terminamos publicando el pase a semifinal de Alemania en el mundial. A veces le ponemos tanto peso a algo que no lo tiene, a veces uno simplemente es un idiota o bueno en mi caso "Una idiota". Esa noche Sebastián me llamo y peleamos, no entiendo como no me daba cuenta de lo que estaba pasando en mi vida. Sebastián dijo -Esa portada ni va a salir-. Yo empecé a lanzarle mil maldiciones y le reclame su falta de compromiso y apoyo con algo tan grande como la portada de un periódico, cuánta razón tenía él, que tan equivocada estuve.



Los goles de Frank


El apartamento solo tenía una cama, un sofá, la biblioteca un refrigerador y dos materas que compramos un día camino a casa desde el aeropuerto. Esas flores duraron más que mi inteligencia emocional, me dieron ganas de llamar a Mamá; habían pasado ya muchos meses desde la última vez que hablamos, casi siempre que yo la llamaba era para darle una de mis tantas excusas, llevaba casi dos años sin visitarla. Le marque pero no contestó, tal vez simplemente ignoro mi llamada, yo lo haría; pero ella siempre fue noble. No, lo más seguro es que no escucho el teléfono. Como me hacen falta esas galletas, esa que me reanimaban después de un mal examen o con un corazón roto. Mamá siempre hacia las galletas, pero era Papá quien me las llevaba; creo que la única vez que Mamá me llevo las galletas, yo estaba llorando por un come mocos. Papá siempre tenía más paciencia, escuchaba mis historias. Desde mi novio en el último año de escuela y nuestra separación por ir a universidades distintas hasta mi peleas con Sebastián. Qué curioso es el tiempo, que cruel es la edad, Papá ya no está aquí para consolarme y con Mamá nunca sentí la misma conexión. Papá era un hombre callado, a diferencia de Mamá, casi ni se sentía en la casa, tal vez con Mamá era suficiente, solo lo escuchaba gritar cuando celebraba los goles de mi hermano, no se perdió un solo partido, cuando no podía verlo en el estadio, lo veía por televisión, era toda una faena. Papá siempre guardaba silencio y yo hablaba, al final me compartía las galletas y decía -A las niñas que lloran no se les da dulce- o -Nadie quiere a una niña llorona- y me tiraba un peluche. Ay Dios, como te extraño Papá.


Sebastián llegaba en dos días. Me había mandado un correo donde decía explícitamente que quería el divorcio. Él no tenía otra mujer ni muchos menos, es solo que yo ya no sumaba en su vida y era lo normal; yo ya no sumaba ni en la mía. Él estaba de viaje en una gira y hace meses que no nos veíamos, la última vez que hablamos, peleamos. Las peleas de nosotros nunca fueron "importantes", siempre peleábamos por tonterías, ahora que ha pasado el tiempo, entiendo que esas "tonterías" o cosas sin importancia, en realidad importan mucho. Son el día a día, son el pacto que tenemos el uno con el otro. Yo creía que una pelea importante tenía más que ver con una infidelidad que con una cena que se pospuso ocho veces. A decir verdad, nunca había caído en cuenta que posponer una cena de aniversario ocho veces durante tres meses fue un acto de irresponsabilidad, ni siquiera sé por qué estoy pensando en esto ahorita ¿Porque estaba pensando en eso? ¿Acaso tenía ganas de ir a cenar con Sebastián? No lo sé... En este momento tenía muchos pensamientos. No lo había notado pero casi había hecho un recuento de toda mi vida, a veces el mejor lugar para reflexionar es a las afueras de tu apartamento recién vendido.


Intente marcarle a Sebastián pero me desvió la llamada; es increíble como ya no quiere ni escuchar mi voz ¿Podría alguien ser tan frio como para pedirme el divorcio por correo? Tal vez sí, yo fui muy fría en sus éxitos y muy cruel con sus detalles. Recuerdo que ese correo llego cuando estaba en medio de una reunión, al parecer iba a escribir en una revista de nuevos empresarios. Comíamos y bebíamos, la verdad llevaba al menos dos semanas sin hablar con él, pero cuando recibí ese correo y lo leí desde mi móvil, todo me cambio. Sentí la necesidad de llamarlo, me dio un ataque y casi me desmayo, en ese momento solo quería llamarlo y hablar de lo que había pasado. Yo ni siquiera lo sabía, o bueno si, pero lo había ignorado todo este tiempo, intente llamarlo unas cuarenta veces, pero nunca contesto. Desde aquel día, intente llamarlo cada hora, le enviaba mensajes e incluso, dentro de mi fantasía, intentaba llamarlo por Skype, nunca contesto. Ahora que lo pienso, como deseo poder hablar una vez más con Sebastián fuera de un tribunal; quisiera poderle convencer de que no nos separemos, quiero comprar de nuevo este apartamento, quiero decorarlo, quiero... No tiene sentido, solo estoy impulsada por una melancolía acompañada de una noche fría.



Las acrobacias de Janx


No tenía ni un poquito de hambre, a decir verdad sentía un vació, algo así como cuando no puedes respirar. La calle estaba desolada y solo un par de perros corrían jugando con la lluvia. Sebastián amaba los perros pero yo nunca lo aprobé. Siempre con mis problemas, mis excusas, era más que obvio que me dejara. No entiendo como no lo pude ver antes, realmente no entiendo como no saque diez minutos para reflexionar frente a la lluvia de la entrada de mi casa. Hay quienes piensan que los perros son el mejor amigo que una persona puede tener, otros se deciden por los gatos. En lo personal nunca fui amante de los animales. Papá tenía un hermoso pastor, se llamaba Janx, era muy fiel. Cuando era pequeña, recuerdo como Papá lo entrenaba; le lanzaba galletas cada vez que hacia una voltereta en el aire, yo nunca tuve esa conexión, simplemente nunca la sentí. Ahora que lo pienso, he desperdiciado muchas cosas lindas que la vida me dio; es cierto, he luchado por mis metas y creo haberlas conseguido, por lo menos en el ámbito laboral, ¿Pero no haber disfrutado un perro en la infancia? Nunca me lo perdonare. Sebastián siempre amo los perros. Era de una granja y siempre estuvo en contacto con los animales. Sus abuelos eran dueños de una hacienda gigante y los animales eran felices allí. Recuerdo que en dos ocasiones fui; la primera vez me lo pase de maravilla, incluso ordeñe una vaca. Jajaja que tiempos, cuando fui por segunda vez, yo ya me había transformado. No soltaba el celular, no aguantaba el olor a estiércol, era una completa revista de farándula andante. Es difícil entender como nos transformamos, en un segundo podemos cambiar completamente y peor aún, dejar a un lado aquello que nos hace feliz. Janx fue un buen perro, que lastima que para los animales el tiempo pasa mucho más rápido, tal vez ese es el motivo por el cual logran amar a una persona más que a sí mismos, yo no he podido amar bien. Nunca tuve algo serio, siempre fueron amoríos, siempre fueron estrellas fugaces, y cuando encontré a Sebastián, me convertí en alguien que cree que el amor no genera felicidad. Hoy que estoy frente a la lluvia he entendido que el amor puede que no me diera felicidad, o tal vez yo no lo notaba, pero su ausencia me genera dolor... Esa es una forma cruel de entender las cosas de la vida, de esta simple vida.



Un vaso de plástico


Entré al apartamento y de pronto lo vi tan vacío, no por las cosas que le faltara, sino por lo que me faltaba a mí, había un montón de cajas. Todos los días yo hacía carrera de obstáculos camino a la cocina. Sebastián había dejado su reloj, era una baratija, yo se lo había comprado camino a casa después de recibir mi primera paga por una portada a blanco y negro para el periódico comunal, qué tiempos aquellos, a veces uno no entiende que para ser feliz solo necesita alejarse de las cosas complicadas. Ahora que lo recuerdo, estábamos cumpliendo tres meses de habernos ido a vivir solos. Papá siempre dijo que Sebastián era un buen hombre y que lo respetaba aun cuando no entendía como podía aborrecer el fútbol Alemán. Ese día Sebastián había cocinado para mí, siempre sabia como sorprenderme,yo llegue un poco mojada y él tenía un paño listo para mí. Me abrió la puerta y ambos sonreímos, no me quería dar el paño, recuerdo que lo tome de la mano y hacia fuerzas para sacarlo, quería que se mojara pero él siempre fue muy fuerte. Intente torpemente reunir agua con mis manos y lanzarla en su rostro pero fue un fracaso. Al entrar, la mesa de la cocina estaba decorada con una vela de cumpleaños; como ambos estábamos empezando en nuestras carreras, no era mucho lo que teníamos; de hecho no teníamos comedor, solo una tabla pagable pegada a la pared de la cocina y dos bancas, pero allí estaba, la mesa más romántica que mis ojos hubiesen visto. No recuerdo muy bien que comimos, solo recuerdo ese delicioso merengue que preparaba, combinaba muy bien con su sonrisa. Saque una cajita un poco pelada porque había pedido que le quitaran el precio al regalo. Le di el empaque y su sonrisa casi me hace sentir una reina. El reloj le había encantado; no paraba de probárselo y sobreexageraba los movimientos de la mano para que yo me fijara en lo sofisticado que se veía con reloj. Creo que nunca vi quitárselo, ni siquiera en la playa, decía que no era un reloj, era un contador de las horas que yo le hacía feliz; que curiosamente eran las mismas veinticuatro del día. Hoy yace aquí frente a una cocina de mármol, frente a un exprimidor digital. Las ironías de la vida ¿No crees?


No quería vender esta casa, no quería irme de aquí; tampoco quería quedarme sola. Tal vez solo quería devolver el tiempo, devolverlo al instante donde le di ese reloj a Sebastián. La cocina solo tenía unos cuantos artefactos aun conectados, todo lo demás estaba empacado. Empecé a abrir cajas para buscar un vaso de plástico, no quería usar los vasos de vidrio, abrí las cajas como una demente, estaba encaprichada con un vaso de plástico, quería un vaso de plástico. Quería recordar esos tiempos donde no teníamos nada lujoso, donde comíamos parados o en el colchón del cuarto, esos días donde la sopa instantánea era la mejor receta de Sebastián. No podía conseguirlo; abrí más de diez cajas y solo salían porquerías finas, me había frustrado. Empecé a llorar y a romper las cajas, alguna las patee y las golpee con mi mano cerrada. No podía conseguir un solo vaso de plástico, y era necesario, era indispensable tomarme un vaso de agua en un molde de plástico. ¡Maldición! ¿Por qué no puedo encontrar ni uno? ¿Dónde estarán? ¿Porque hay tantas cajas? ¿Porque esto tenía que ser así? Me hice en un rincón con un pedazo de cartón en la mano, empecé a llorar como una niña, empecé a gritar hacia mi interior. Es muy difícil gritar hacia adentro, sientes que te ahogas, sientes que no puedes respirar; las lágrimas salen y quieres gritar pero no hay voz, no hay nada, solo eres tú, sentada en un rincón, sin poder hacer nada más, sin querer hacerlo. Creo que tuve al menos ocho minutos de colapso emocional; estaba muy agotada, me levanté, abrí el grifo y recogí un poco de agua con mis manos, me lave el rostro y tome un poco de agua. Me seque con un paño de cocina y ahí estaban, ahí estaba toda una pila de vasos de plástico, los tapaba un paño de cocina. Tome un vaso, y sin nada más me fui a la habitación.


Algunas personas abrazan su almohada, otras tienen ese ataque que sufrí y la utilizan para gritar, creo que es terapéutico. Mi terapia fue dormir con ese vaso entre mis brazos, no lo sé, tal vez solo abrazaba un símbolo de mis años felices, de mis años junto a Sebastián. Esa noche dormí profundamente, como hace tiempo no lo hacía. Tal vez tenía que pasar todo lo que paso, tal vez era necesario que tuviera una crisis, pensándolo bien no fue una crisis, fue solo un momento de reflexión. La crisis no era haber llorado frente a la cocina, o haber dormido con un vaso de plástico, la crisis fue no haberme sentado a ver mi vida mucho antes.



No dejes de leer


Ya había amanecido y yo solo esperaba el lunes para encontrarme con Sebastián y firmar el divorcio. Camine entre las cajas, o lo que quedaban de ellas, me dirigí a la biblioteca y vi una novela de Sebastián, él era un hombre muy seguro de sí mismo, y el que me pidiera opinión de lo que escribía era el acto más grande para demostrar lo mucho que le importaba. Nunca termine de leer su novela. Recuerdo que aún faltaban unas cincuenta páginas y como yo estaba tan ocupada, le pedí que me dijera el final por nota de voz; no entiendo cómo es que no estoy en un sartén gigante lleno de aceite, siendo freída por Lucifer.


Decidí leer su novela de nuevo, era larguísima, tenía al menos trescientas páginas. Una novela tan larga merecía toda mi atención. Era fenomenal, lo tenía todo, desde que empecé a leerla no pare sino para preparar un termo de café. Sebastián había conseguido una novela maravillosa después de tanto trabajo, después de tanto sacrificio. Me levante para ir al baño y mire por la ventana, ya había caído la noche ¿Qué hora era? ¿Cómo es posible que hubiese pasado todo el día sentada en el sofá? Eran las once de la noche, literalmente había estado leyendo durante ocho horas sin parar. Volví del baño rápidamente y seguí leyendo, después de un par de horas caí rendida del cansancio.


Estaba soñando con Janx y Papá, ambos lo entrenábamos pero Papá me felicitaba cuando Janx me hacía caso, creo que estaba orgulloso de cómo había aprendido a enseñar. No sé cuánto duran los sueños, no sé cuánto tiempo mientras dormimos soñamos, pero hace meses que no lo hacía y era el sueño más maravilloso en muchos años. Dos integrantes de la familia me acompañaban mientras yo era niña de nuevo. Corrimos por el jardín toda la tarde hasta que Janx se cansó, creo que ya lo había mencionado pero era el mejor sueño que había tenido.


Empecé a escuchar una voz, creo que en este punto ya no estaba soñando, la voz era baja pero firme; no era tan fuerte como para levantarme pero si lo suficiente para estar en mi subconsciente. No sabía que era hasta que me desperté, abrí los ojos lentamente y moví mis manos, ya no tenía el libro, gire mi cuello y alguien estaba sentado junto a mí, era Sebastián; sostenía el libro y lo leía en voz baja, yo me quede en shock ¿Que hacia aquí? A mi lado, terminando de leer su novela. Sebastián noto que yo me había despertado, me miro de refilón, acaricio mi cadera y continúo leyendo. Subió un poco más el tono de voz. pero algo había tras todo eso, estaba llorando, al parecer no estaba muy feliz. Yo continúe anonadada escuchando la novela de Sebastián por un buen rato. Me acomode junto a él y me recosté en sus piernas, no pronuncie una sola palabra, no quería arruinar el momento. Cerré mis ojos pero no estaba dormida, solo quería concentrarme en la lectura, parecía que había viajado dos años al pasado. Esos tiempos cuando Sebastián me leía mientras yo preparaba la cena. Sebastián paro un momento de leer y yo le dije.

-Tienes que continuar. Necesito saber si Luan encuentra a Himo en medio de la neblina-.


Me miro sorprendido, tal vez asumía que para ese entonces yo dormía y no prestaba atención a su lectura, la última vez que leí su novela, no me intereso terminarla. Continuo leyendo sin parar mientras yo disfrutaba de este idílico momento; tal vez estaba en el limbo pero a fin de cuentas era mi limbo, estaba donde quería estar, con quien quería estar y escuchando lo que quería escuchar. Tal vez suene egoísta, pero por primera vez no me importaba nada más que quedarme a vivir en ese sofá mientras Sebastián me leía su novela.


Las maletas de Sebastián estaban en la entrada, tal vez su vuelo se había adelantado; no había otra razón para que llegara el domingo y no el lunes. Había tirado la chaqueta al suelo, se había arremangado la camisa y había tirado la corbata a un lado. Cuando llego me vio acostada, con el libro entre las manos pero con un dedo separando donde me había quedado, las últimas líneas las leí entre ojos a medio cerrar. Sebastián había sentido una conexión con esa mujer que veía acostada con su novela entre las manos, no la veía hace mucho tiempo y solo por eso decidió dejar su razón de actuar a un lado y decidió seguir con la novela, leérmela mientras yo dormida profundamente.


-Mi vuelo llego antes y quería pasar por nuestra casa-.


¡Por Dios! Nuestra casa... Sebastián sentía que este apartamento aún era su hogar, lo creía necesario. Al igual que yo, no quería vivir en otro sitio que no fuera este. Yo saque de mi bolsillo su reloj y se lo coloque en la mano izquierda, Sebastián derramo lágrimas mientras dejaba que yo se lo colocara, le bese el reloj y le dije.


-El reloj aún está andando. Aun puede servir como contador de horas, yo me encargare que sean las horas que te hago feliz-


Sebastián solo me miro y apretó mi mano. Un hombre tan elocuente para hablar y un genio para escribir, no tenía una sola palabra para mí. No pude soltarle la mano, esperaba una respuesta, esperaba que afirmara con su rostro, nunca lo hizo, solo me miraba mientras apretaba mi mano.


Nuestras historias no siempre tienen un inicio y un final, a veces son solo la continuación de una vida que siempre cambia de rumbo, de una vida que no sabe a dónde va ni donde terminara. Sebastián y yo ya no vivimos juntos, creo que así está mejor, de vez en cuando uno llega tarde a su historia, de vez en cuando uno no se entera de lo maravilloso que pasa en su vida sino hasta que te lo cuentan, hasta que te lo cuenta una noche lluviosa, una cocina vacía, un vaso de plástico.


Nunca olvidare esa noche en el apartamento, nunca olvidare a Sebastián leyéndome su novela. Viajando al pasado, viajando a nuestros años felices pero es cierto, uno no puede vivir del pasado. Uno no puede remendar el corazón con recuerdos olvidados. Tal vez esa noche yo solo recordaba lo bueno, pero así es la vida, el corazón siempre grita cuando no podemos hablar, siempre opina cuando ya se acabó el debate. El corazón siempre sufre las decisiones de los demás.


Hace unos meses me encontré con Mamá, ella siempre tiene una sonrisa para regalarme. Hablamos de la niñez, de su etapa como madre, y aunque lo negué por mucho tiempo, Mamá me había dado el mejor consejo de la vida a los doce años "Uno siempre se reinventa". Que sabía eres Mamá, que inteligencia escondida tras una cuchara de palo y una lonchera con mi desayuno. Cuanta brillantes tienen nuestros padres y nosotros pecamos por estereotipo, vemos a nuestros padres como los progenitores y nada más. En ocasiones los retamos, los ignoramos, los dejamos a un lado, pero aquí esta Mamá; enseñándome que uno siempre se reinventa. Por meses en mi crisis por el divorcio, creí que Mamá se refería a Sebastián. No entendía como Sebastián no quería reinventarse conmigo ¿Acaso ya no me amaba? Pues la verdad eso no tiene importancia ya. Resulta que mi reinvención no era con Sebastián, yo tenía que reinventarme con Mamá, yo tenía que convertirme en otra mujer, no la del pasado, no la que se enamoró de Sebastián. No, yo tenía que ser una mujer nueva. Desde mis raíces sí, pero aprendiendo de los errores, valorando lo simple de la vida. Amando sin condición.


Creo que Mamá siempre se reinvento con Papá. Lo amo hasta el último respiro, hasta que ya no dio más. Mamá es el ejemplo más claro de aquella frase tan desgastada. "Uno siempre se reinventa".


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